Yo no se que pensarán ustedes acerca del costumbrismo. Yo he tenido siempre una relación bastante tirante con ese concepto “artístico” (o deberíamos decir “condimento”?) que me ha llevado a despreciar todo tipo de obras y a admirar otras… por lo mismo. Suena contradictorio pero no lo es tanto, a ver:
No me gusta el costumbrismo argentino. Me aburre, me da hasta un poco de asco ver a esos personajes de Pol-ka que se la pasan tomando mate y comiendo bolas de fraile, y a cada momento meten el latiguillo “viteh?” como si fuesen oligofrénicos. Ya sé que existe esa clase de gente, pero tal vez la cotidianeidad me haga despreciarlos, no de un modo físico (si los tengo enfrente no pasa nada, respeto su forma de ser y hasta puede resultarme simpática durante algunos minutos. Además, es la forma de ser del argentino promedio y queramos o no también forma parte de nuestra vida y nuestros amores) sino de un modo artístico. Me aburre ver eso por TV, o leerlo en un libro, etc. También me pasa algo parecido con las historias anti-rosistas tales como “El matadero” y otras basuras (ya se sabe: Federales malos, Unitarios buenos… todo aderezado con usos y costumbres de la época, el dulce de leche, la farolera y el choclo con azucar).
Pero con las culturas ajenas a la mía (y con las manifestaciones artísticas costumbristas que las cubren) me pasa lo opuesto: Me interesa, me divierte y me reconforta el cuore. Lo que mas disfruto de los relatos de Arthur Conan Doyle no es la resolución de los misterios y la personalidad de Holmes (aunque desde luego me encanta), sino la forma que tienen de mostrarme el estilo de vida victoriano y las contradicciones que los usos y costumbres resaltan cuando se encuentran con una personalidad tal fuerte y estrafalaria como la de nuestro detective favorito. Esa dicotomía entre “La Aventura” con mayúsculas (el crimen, la investigación, etc.) y la vida cotidiana y gris de millones de personas… me encanta.
No se puede decir que “The Good, The Bad and The Ugly” (El bueno, el malo y el feo) sea una película costumbrista ni mucho menos… Bah, en todo caso no es su principal fuerte, y en eso sí podemos estar todos de acuerdo… Pero carajo, que hermosa obra de arte y que bien pinta de cuerpo entero la tierra y el olor del Lejano Oeste, la sed de la cantimplora en el desierto y el hambre de la vasija de barro. Con poco diálogo (poco y justo, perfecto…) nos traslada a una tierra que ya mil veces visitamos, pero que esta vez está “viva” en el mejor y único sentido de la palabra: Es real, y es como Leone nos la quiso contar.
Este es el “Spaghetti Western” supremo. Es uno de los mejores westerns y le gana al 99% de las “películas de vaqueros” americanas. Es tan bueno que no es de ninguna parte, ni de Italia ni de Texas, ni tampoco de Almería. Es terriblemente universal.
Me gusta mucho esta película, no puedo evitar ser halagador. Si ustedes aun no la vieron no puedo sino recomendarles que pongan el culo en el sillón y se dispongan a ver 3 horas (Si, tres malditas y hermosas horas) de tiros y mugre. Clint Eastwood es el protagonista, chabón… tampoco es suficiente para vos?
Y que tal esto? También hay Guerra Civil, también está el Sur contra el Norte y se encuentran en un puto puentecito y se recagan a cañonazos, en una de las mas coloridas y caóticas (para bien) escenas bélicas que vi en mi vida:
Son tres tipos, ya se sabe… El bueno (Clint Eastwood, en el mismo personaje que en “Por un puñado de dólares“, película que forma una especie de trilogía junto a esta y a “El dólar marcado”), el malo (un asesino a sueldo, traidor y amoral) y el feo (“Tuco”, un tex-mex bastante bruto, que solo busca el placer monetario) que se encuentran con la ruta hacia 200.000 dólares de aquellos tiempos… y Van en su búsqueda. Tan simple y básico como eso. Solo van por la guita, mas debajo de ese hilo argumental y de esas motivaciones subyacen aspectos mas profundos del alma de esos tres hijos de puta. Uno va descubriendo que a la larga son todos malos… para luego volver a rectificar y darse cuenta que dentro de la codicia y la ambición también hay diversos grados de lealtad, y que, por qué no, también hay malos buenos.
Y por dios… los últimos 20 minutos transcurren en un cementerio silencioso y con tumbas que esconden oro. No se pierdan esto, préstenle mucha atención y luego vuelvan a Epimundo y díganme a la cara si yo mentí o dije la verdad. Es una cuestión de honor.
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