Calor. Verano o tal vez primavera tardía de principios de los 90s…
Las baldozas del patio brillan por el sol, las tardes son amarillas, muy amarillas y comienzo a darme cuenta de ello. Siempre lo supe, sin dudas, pero uno no le da bolilla a muchas cosas cuando es niño, las da por sentadas y luego cuando es grande directamente se las olvida… Esperemos que nunca me pase, trataremos de evitarlo. Pero esa es otra historia.
Seguimos. Verano o primavera, y mi “cuartito de la heladera”, habitación nombrada así por el electrodoméstico que albergaba y no por otro motivo. Allí dentro el calor era asqueroso como en todas partes… mi casa es un horno, pero no importaba ya que no existía otro lugar en el mundo para mi. El cuartito de la heladera y de las revistas El Tony y Fantasía, el grabador de doble carretel abierto y el tocadiscos con radio a válvula…
A veces la luz se cortaba, si. Segba nos hacía la vida imposible a todos, y cada tanto nos hacía probar el aroma de las velas de sebo y la transpiración que se acumula. Sin ventiladores, sin televisión, sin heladera, sin tocadiscos… o no, porque que importaba la electricidad si lo único que yo quería era escuchar a Miguel Gila? Girando el “longplay” con los dedos y pegando la oreja a la púa, les juro que podía escuchar todo, y a mi ritmo.
Y me reía solo. Y mi abuelo me pregunta que mierda me pasa que “hablo solo”, y que eso le causa gracia y no entiende por qué me río tanto imitando la risa de Gila en “El patoso”, una pista que escuché tanto que se me gastó, y ahora el surco se llenó de ruido pero no importa nada porque me lo se de memoria.
Gila… ese español que vivió en la Argentina, según mi mamá. Que habla raro, que hace monólogos telefónicos (como hacía Tato Bores aquí) y que cada tanto te mete un chiste viejo y semi-malo, pero te lo compensa con veinte locuras surrealistas que te hacen llorar. Se le ocurre llamar al enemigo y hablar con el cordialmente, alquilar un departamento que yace debajo de una pista de bowling, conducir un programa de concursos en el que la gente “estudia mucho” y es correctamente remunerada por ello, transmitir radialmente una operación de riñón (si), llamar al maestro de su hijo (“desgaste de patio?” “dinero para carbón? que barato están los niños…”), laburar de bombero y procurar sifones por las dudas, pasear por África y cazar “leopoldos”, explicarnos como No se Debe Contar Chistes (esos estúpidos que siempre arruinan todo… Gila, lo tuyo era un sacerdocio), llamar al inventor (?) para pedir un automovil hecho a medida (un poco pequeño, pero cumplidito, por si llueve y encoge) y cagarse de la risa de la muerte del abuelo de un amigo (y es que “iba el abuelo con una Vespa…”).
De acá se bajan el disco (grosa página), y me tomé el atrevimiento de subir todos los audios a Youtube, para mas comodidad. La lista de reproducción, por si no vivieron mi experiencia infantil, pero aun así aman a ese español loco que sigue hablando por teléfono (estar vivo o no es irrelevante, el lo sabe bien), y lo seguirá haciendo hasta el final de los tiempos:
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