El argentino promedio no puede vivir sin dulce de leche. Es un hecho científico y me parecería hasta ridículo discutirlo en en estas páginas; son esas cosas que simplemente “son” y siempre serán… lo único que podemos hacer al respecto es contemplar la realidad, analizarla, burlarnos de ella y darle una cucharada al frasco -porque somos argentinos, y hoy tenemo´que ganar-.
Se sufre mucho sin dulce de leche, decíamos, y hay quien dice que la vida no es vida si la única solución golosinera es rellenar una barra de chocolate con chocolate líquido, o un alfajor con dulce de membrillo… No es que sea algo malo o desagradable, tal vez todo lo contrario, pero convengamos en que “falta algo”. El Dulce de Leche lo inventó la mucama de Juan Manuel de Rosas cuando se le quemó la leche azucarada para el mate que tanto le gustaba al Restaurador… O eso es lo que me enseñaron en la escuela las pelotudas de las maestras que nunca sirvieron para nada.
Y que hace el Argentino cuando le falta el Dulce de Leche? Que hace el patriota que debe pasar sus días confinado en la Antártida, Alemania, Tailandia, Islas Faroe o República Democrática del Congo? (Todos estos, lugares donde no se consigue el preciado dulce… bueno, en la Antártida no se consigue nada de nada, aparte de enfermedades y caca de pinguinos). Pues se compra una lata de Leche Condensada -una de las mejores cosas que Dios Creó-, la pone a baño maría durante dos o tres horas, y goza. Goza mucho, grita y orgasméa, ya que el día de la Revelación ha llegado.
Yo hice lo mismo, así, con papel y todo metí la lata en agua que suavemente ebullía -así se dice, calculo- revolví cada 15 minutos, y esto es lo que pasó:
Listo, ya tienen algo para hacer en esas tardes lluviosas de invierno sin internet…
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Norma Sanchez
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Leconga








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