Alejandro Dolina dijo en cierta ocasión que una buen cuento o relato orientado a los niños tenía que poder ser disfrutado también por los adultos. Los productos de buena calidad (y hoy por hoy yo incluiría también a las películas y las obras de teatro… incluso tal vez ciertos juguetes) se hacen notar y cautivan a las mentes mas maduras. Tenía razón.
“La Isla del Tesoro” no es un libro para niños, precisamente. Pero como me hubiese gustado haberlo tenido en mis manos allá por los primeros años de la década del 90, cuando yo no era otra cosa que un pibito de 9 o 10 años con ganas de leer cualquier cosa que me pudiera agendar. Era el libro para mi, y por suerte aun lo sigue siendo… y yo sin darme cuenta hasta la semana pasada!
Luego de escribir la review del Treasure Island para Commodore 64 me dije a mi mismo: “Che, pedazo de gordo pelotudo… Cuando te vas a dignar a leer el libro? Tenés que leerlo… y también tenés que leer los Viajes de Gulliver y Robinson Crusoe… no te podés quedar con los libritos ultraresumidos de la infancia, tenés que leer esos libros, tenés que leer esos libros, tenés que leer esos libros… tenés que leer La Isla del Tesoro, tenés que comer porque pintó el bajón… y así por el estilo”. Así de insistente es mi cerebro y es por eso que no le doy bola y lo suelo apagar de vez en cuando. Lo apagué y seguí mirando a Tinelli. Pero al otro día pasé por una librería de Corrientes, me metí y de pedo vi “LA ISLA DEL TESORO” ahí, muerto de risa… al módico precio de 25 pesitos o algo así. Era una oferta que no podía rechazar así que la tomé y aquí me tienen: Peinadito y con el libro leído.
Está buenísimo, muchachos. No pensé que así era la historia. Stevenson se despachó con una novela de aventuras (a la vieja usanza, aunque dándole lugar a varios aspectos psicológicos propios de fines del siglo XIX) que nos atrapa cada vez mas y nos hace viajar de vuelta a la infancia e incluso mas atrás: Nos hace volver a donde nunca hemos estado… pero a donde sin dudarlo “estuvimos”: Un cofre lleno de monedas de oro, una isla perdida, piratas con patas de palo y loros en el hombro, un barco que practicamente cobra vida y se erige en protagonista (la goleta que es ya parte de mi vida: “La Hispaniola”) y un mapa… Quién no ha tenido un mapa de esos en su cabeza o en su corazón?
La historia se me antojó corta (en 200 páginas mas o menos a letra tamaño normal se termina) y me quedé con ganas de mas… pero cierto es que todas las situaciones están lo suficientemente desarrolladas y todos los personajes tienen su momento de gloria, comenzando por ese pirata malhumorado y peor hablado que solo cantaba una canción acerca de muertos y ron (canciones de mar, canciones de piratas… A que todos sabemos de que estamos hablando cuando decimos eso? A que todos estuvimos allí en cierto modo, o no?) y terminando por la única mujer presente en el libro: La madre del protagonista.
(Ustedes saben que una mujer ya es demasiado para estos casos. En las películas de guerra y en los relatos de piratas… No women allowed.)
No quiero contarles la historia. Quiero que la lean, porque es casi obligatorio. Solo les voy a decir que la trama va cambiando de carril a cada momento, y la moneda cae de un lado o del otro casi de modo intermitente. El olor a salitre todo lo cubre, inclusive los mas amargos homicidios, y la codicia se convierte en el peor enemigo del hombre (aunque también, claro, su leiv motiv. El oro nos hace mal y nos vuelve malvados, pero también nos empuja a surcar los mares y a dibujar mapas… No puede ser tan malo ese vil metal, no?). Historia de marineros en pedo, de piratas que esconden la guita en lugar de gastarla, de un jovencito intrépido que se hace adulto casi de la noche a la mañana, y (si me permiten la osadía) de la mejor forma posible.
Buscando un tesoro.
Yo lo encontré, les juro que lo encontré. Está por el final del libro, se los juro. Espero perderlo pronto, tan solo para tener que volver a buscarlo.
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