Cuando oimos la frase “gato negro”, muchas ideas raras pasan por nuestros marulos: Una mujer morocha que toca por encima del pantalón a Sofovich, una mascota felina de color pardo, un famoso (y glorioso también) cuento de Edgar Allan Poe, la mala suerte, etc…
Pero hoy no hablaré de nada de esto. Hoy me estoy refiriendo a una histórica cafetería-restaurant-expendio de especias llamado “
El Gato Negro“, cuya ubicación es
Corrientes 1669 y va en negrita por razones de tipo cromático.

En una de mis largas travesías por la avenida Corrientes (tal vez uno de los lugares mas mágicos del planeta tierra y alrededores), decidimos (Mi novia y yo) ingresar de una buena vez a este curioso boliche que siempre nos encargábamos de inspeccionar desde afuera, con la napia pegada a la vidriera… y es que en la vidriera pueden verse todo tipo de especias (mostazas, pimientas, condimentos desconocidos y bien conocidos), frutos secos y hongos.
Para gente que gusta de morfar y, en especial, de cocinar, esa vidriera es como una ventana a lo prohibido. Invita a imaginar cosas como esta:
“Uh, tengo un caracú en el freezer, y NADA MAS… ahora cuando vuelva a casa lo voy a hervir y me lo como con galletitas… Momento! Y si le agrego estos hongos shitake y salsa de soja?” Y ahí va nuestro heroe, a preparar este nuevo plato de cocina “fusión”: Osobuco a la japonesa.


Ven de lo que les hablo? Todos esos son condimentos, la puta que te parió.
Bueno, el caso es que decidimos entrar a tomar un café (y es que para colmo, el olor a coffee que salía del cheboli (o al menos el que nosotros podiamos imaginar) era fantástico… allá vamos:


La ambientación es clásica. Es un cafetín común y corriente… pero con un enorme expendio de porquerías atractivas. Hay hasta “ananá deshidratada”, algo que yo jamás pensé que podía existir, dado que el ananá es 100% agua (o mas aun). Pero es caso es que existe ese producto y se vende en el Gato Negro, para sorpresa de la gente cristiana.
Yo, que soy muy pelotudo y cada día lo soy mas (debido a los golpes que me doy en la cabeza cada vez que voy a supermercado), no compré ningún condimento… aun. Desde ya que volveré con mucho dinero y le diré al viejo que atiende: “Señor geronte: no joda y deme todo”. Juro que volveré.
Lo que si puedo decir es que el café que tomamos fué tal vez el mas rico que he probado en mi entire life. Fuerte, bien fuerte y con gusto, pero no con olor a porotos quemados, no… con olor A CAFÉ. No es muy caro, eh? Ese café, cinco cuadras mas adelante te lo cobran el doble… y vale la pena.
Al lado de donde estaba nuestra mesa, acontecían estos frasquitos con el logotipo del lugar (que es ni mas ni menos que un gato negro, con un moño rojo). Supuestamente son para guardar las especias que, acto seguido, uno está dispuesto a comprar en el local. Los frascos se venden por algunos pesos y no tengo dudas que voy a “pegar uno” en mi próxima visita.
En definitiva, un lugar entrañable. La atención no es del todo buena, mas que nada por el despelote que es el hecho de que este lugar opera como café y como despensa, pero no es muy importante. Parece que hay buenos brownies (según leí por internet) para acompañar uno de los mejores cafés de la calle Corrientes.
Vayan.
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